Viajar significa preguntarse ¿quién soy?, y si esperas que limpien tu mirada las novedades que aguardan, estás confundido; tus raíces serán las mismas en cualquier parte. Tus sueños y tus temores también. Viajar tiene que afrontarse, pues, no como una huída de uno mismo, sino, más bien, como una extensión de lo que somos, en la que tratando de dominar nuestro ego, aprenderemos, como un reencuentro, con lo que realmente somos, una nueva forma de ver las cosas. Para ello tendremos que abandonar las cuatro paredes de nuestro día a día.
Hoy en día viajamos, casi sin darnos cuenta, observando como la tierra y el agua vuelan bajo nosotros como una sucesión infinita de telas abstractas que dan paso, sin transición, como por arte de magia, algún punto del mapa: el elegido.. Punto que se materializa ante nosotros. Sólo entonces empezaremos a preguntarnos: ¿Quiénes son? Sí, todos ellos, la gente: esa sucesión de interrogantes que desfilan ante nosotros. Y uno no tardará en darse cuenta de lo bien que encaja esa gente en las calles, en los paisajes. Son de aquí. Yo no. ¿En qué creerán? Para responder a esta pregunta puede que penetremos en sus templos con la esperanza de fundirnos en su mundo espiritual, siempre rico, siempre complejo e inaccesible.
Viajar significa dar un mayor protagonismo al azar. Si nos preguntan qué nos deparará el día, a menudo tendremos que contestar: no lo sé. En eso también consiste viajar: en un no saber continuo, enriquecedor.
Y, por qué no: uno no empezará a entender, a percibir, la verdadera magnitud del viaje hasta que no regrese a su hogar, a su techo y su monotonía. Sólo allí, sentado sobre su sillón de siempre, dirá pleno y tranquilo: qué bueno fue viajar.
En la India, entre risas, templos, aceras.